miércoles, 27 de febrero de 2013

Te quiero, abuela.




A pesar de las veces que suceda, del tiempo que transcurra, las lágrimas derramadas y los corazones rotos, volverá a ocurrir. Volveremos a aquel lugar y volveremos a caer. Volveremos a sufrir y a recoger los cachos destrozados de nuestra vida, para recomponerlos y seguir con ella de alguna manera.
El doce de enero de dos mil trece era un buen día. Había amanecido una mañana preciosa, un cielo despejado con un sol brillante. Demasiado brillante para un día de enero. Seguíamos cambiando los muebles de sitio, y aún no me podía creer que de ahí a un par de días dormiría en una habitación con ventana. Por fin, después de quince años... Sobre las siete de la tarde estábamos ya cansados, así que decidimos parar un poco. Papá y Edu seguían transportando muebles, pero mamá y yo nos tumbamos en mi proyecto de cama para decidir la distribución del cuarto, las medidas, si cabían o no cabían... De pronto me puse a pensar en la tarde anterior, me la había pasado entera en el hospital con abuela. Por fin la habían pasado a una habitación para ella sola, después de un mes allí... La habían ingresado hacia el diez de diciembre, el trece la operarían del corazón. Una operación sencilla, pero delicada. Había cumplido en octubre nada menos que ochenta y cinco años, una edad considerable. Tras la operación estaba animada y alegre. Pero un par de semanas después decayó. Los riñones le comenzaron a fallar y el día de Nochebuena la bajaron a la U.C.I. Recuerdo perfectamente cómo me duché y vestí a toda prisa con lo primero que pillé para poder ir a verla. Me dijeron que no sabían si pasaría de Navidad... Así que fuimos a visitarla. No todos, por descontado, pero éramos unos doce. Seis hijos y seis nietos. En media hora tuvimos que pasar a verla de dos en dos como máximo. Tuve que entrar sola, pues ya estaba Anto dentro, pero no me importaba. Cuando llegué, lo primero que vi fue esa máquina a la que estaba conectada. Le estaban haciendo la diálisis... Anto estaba dándole de cenar cuando me situé al lado de ella. Él se fue y me pidió que le diera el yogur. Ahora entraría papá. Le abrí el yogur a abuela, y con una cuchara de plástico y mucho cuidado, se lo ofrecí. Ella, autosuficiente como siempre, me lo quitó de las manos y comenzó a comerlo por sí misma. "¿Cómo te encuentras? Se te ve estupenda." dije, y le dediqué mi mejor sonrisa. Me miró curiosa, no me reconoció. Después de tantos años y momentos, no me reconoció. "¿Eres la hija del tío Antonio?" me preguntó. Me quedé de piedra. "No, abuela, soy tu nieta." le volví a sonreír. Ella aún dudaba. Llegó papá y me mandó fuera para que entrara Luis. Miré a abuela, pensando que sería la última vez. Le dediqué una sonrisa triste y con las lágrimas acechando cualquier momento de debilidad le deseé una Feliz Navidad. Cuando salimos del hospital todos, fuimos a celebrar la Nochebuena, sin saber que lo peor estaba por llegar.
Mamá seguía hablándome de las medidas de los muebles en mi nuevo cuarto, pero yo no le prestaba atención. Seguía pensando en los dos días que pasé en el hospital cuidando de abuela. El primero fue el cuatro de enero, hice el turno de mañana. Madrugué, pero tampoco me preocupó. Llegué a casa a las tres, la abuela había desayunado como nunca y almorzado muy bien. Estaba somnolienta, pero medio recuperada. El segundo día fue el siete de enero, no tenía clase. También hice el turno de mañana, pero esta vez volví a casa a eso de las cinco. Abuela pasó la tarde sola. Me sentía mal por ello, pero al menos estaba bien; algo más decaída. Esa semana comenzó a empeorar. El once de enero la pasaron a otra habitación, la individual. Fuimos a verla esa misma tarde. Estuve con ella mucho rato, hasta casi las once de la noche. Al menos era viernes. Cuando llegó la hora de irnos, le di un beso en su cálida frente, tenía fiebre. "Vendré a verte mañana por la mañana." le aseguré, pero no cumplí esa promesa. Me observó despedirme de los demás, y me giré hacia la puerta no sin antes mirarla de nuevo. "Te quiero, abuela." le dije. Aún no sé si me oyó, estaba tan cansada... y yo no sabía que esas palabras serían las últimas que ella me escucharía decir.

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